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.Todos los que han venido, dijo Jesucristo, son ladrones y rateros.«Omnes quotquot ve-nerunt, fures sunt et latrones» (Juan., 10.8).Tal vez diréis, amigos míos, que en parte hablo así contra mí mismo, puesto que también yo pertenezco al rango y al carácter de los que llamo aquí los mayores embaucadores de los pueblos; cierto es que hablo contra mi profesión, pero de ningún modo contra la verdad, ni contra mi inclinación, ni contra mis propios sentimientos.En efecto, como nunca he sido siquiera de creencia ligera, ni propenso a la beatería ni a la superstición, y nunca he sido tan necio como para hacer ningún empleo de las misteriosas insensateces de la religión, tampoco me he sentido inclinado a hacer los consiguientes ejercicios ni a hablar de ellos favorablemente ni con honra; al contrario, siempre habría preferido mucho más testimoniar abiertamente el desprecio que me inspiraban si me hubiera estado permitido hablar de ello según mi inclinación y mis sentimientos; y así, aunque en mi juventud me dejara conducir fácilmente al estado eclesiástico para complacer a mis parientes que se alegraban de verme allí, como si fuera un estado de vida más dulce, más apacible y más venerable en el mundo que el de los hombres en general.Sin embargo, puedo decir con certeza que jamás la perspectiva de ninguna ventaja temporal ni la perspectiva de abundantes retribuciones de este ministerio me ha llevado a amar el ejercicio de una profesión tan llena de errores e imposturas.Nunca he podido llegar a adquirir el gusto de la mayoría de estos gallardos y gratos señores, para quienes es un gran placer recibir con avidez las abundantes retribuciones de las vanas funciones de su ministerio.Aún tenía más aversión por el humor escarnecedor y jocoso de estos otros señores, que sólo piensan en darse agradablemente diversiones con las grandes rentas de los buenos beneficios que poseen, quienes se mofan ridículamente entre sí de los misterios, de las máximas y de las ceremonias vanas y falaces de su religión, y que además se burlan de la simplicidad de quienes les creen y que en esta creencia les procuran tan piadosa y copiosamente con qué divertirse y vivir tan bien a su antojo.Testigo este papa [Julio III o León X] que se burlaba él mismo de su dignidad, y aquel otro [Bonif.VIII] que decía bromeando con sus amigos: «¡Ah! Cuánto nos hemos enriquecido gracias a esta fábula de Cristo.»No es que yo condene sus agradables risotadas respecto a la vanidad de los misterios y de las momerías de su religión, puesto que efectivamente son cosas dignas de risa y de desprecio (muy simples e ignorantes son aquellos que no ven en ello vanidad), sino que condeno esta áspera, esta ardiente y esta insaciable avidez que tienen de aprovecharse de los errores públicos y este indigno placer suyo en mofarse de la simplicidad de los que están en la ignorancia y que ellos mismos mantienen en el error.Si su pretendido carácter y si los buenos beneficios que poseen les permiten vivir en la abundancia y tranquilamente a expensas del público, que al menos sean, pues, un poco sensibles a las miserias del público, que no agraven la pesadez del yugo de los pobres pueblos, multiplicando mediante un falso celo, como hacen varios, el número de errores y de supersticiones, y que no se burlen más de la simplicidad de aquellos que por tan buen motivo de piedad les hacen tantos bienes y se agotan por ellos.Pues es una ingratitud enorme y una perfidia detestable obrar así para con unos bienhechores, como son todos los pueblos, para con los ministros de la religión, ya que es de sus trabajos y del sudor de sus cuerpos de donde extraen toda su subsistencia y toda su abundancia.No creo, amigos míos, haberos dado jamás motivo para pensar que yo participara de estos sentimientos que condeno aquí; por el contrario, habríais podido observar varias veces que mis sentimientos eran muy opuestos y que era muy sensible a vuestras penas; habríais podido observar también que no era de los más aferrados a este piadoso lucro de las retribuciones de mi ministerio, pues a menudo las he desperdiciado y abandonado cuando las podría haber aprovechado, y nunca he sido un intrigante de grandes beneficios ni un buscador de misas y ofrendas.Ciertamente siempre me hubiera gustado mucho más dar que recibir, si hubiera estado en mi mano seguir mi inclinación, y al dar, siempre habría tenido mayor consideración por los pobres que por los ricos, siguiendo esta máxima de Cristo que decía (en el informe de san Pablo Act., 20.35) que vale más dar que recibir (beatius est magis dare quam accipere), como también siguiendo esta advertencia del mismo Cristo, que recomendaba a los que dan festejos invitar, no a los ricos que tienen medios para pagar con la misma moneda, sino invitar a los pobres que carecen de medios para hacerlo (Lúc., 14-13).Y siguiendo esta otra advertencia-del señor de Montaigne que recomendaba siempre a su hijo mirar más al que le tendía los brazos que hacia el que le diera la espalda (Essais III).De buena gana habría hecho también como hacía el buen Job en la época de su prosperidad: «Yo era —decía— el padre de los pobres, yo era el ojo del ciego, el pie del cojo, la mano del manco, la lengua del mudo (Pater eram pauperum oculus fue caeco et pes claudo).» Y de buena gana, al igual que él habría arrebatado la presa de las manos de los malvados y de tan buena gana como él les habría roto los dientes y partido las mandíbulas (contrerebam molas iniqui, et de dentibus illius auferebam praedam) (Job 29, 15, 16).«Sólo los grandes corazones —decía el sabio Mentor a Telémaco— saben cuánta gloria hay en ser bueno» (Telem.tom.2) [ Pobierz całość w formacie PDF ]