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.Con toda precaución, respiró profundamente.No sintió aquel dolor que era como una cuchillada, aunque tuvo la sensación de que le costaba un gran esfuerzo ensanchar los pulmones.En la semioscuridad de la habitación se oyó una tos ronca, cargada de flemas.Lo asaltó una nueva oleada de miedo, pero en seguida recordó que se trataba sólo de su compañero de cuarto.«Quizás haya sido la tos del Sr.Hauptman lo que me ha despertado», pensó Bruce, experimentando un leve alivio.El anciano tosió una vez más y se removió ruidosamente en la cama.Bruce consideró la posibilidad de llamar a una enfermera, y no tanto para que se asegurase de que el Sr.Hauptman estaba bien, como para poder hablar con alguien.En realidad, el Sr.Hauptman tosía casi constantemente.La desagradable sensación de fiebre se le hizo más intensa y empezó a propagarse por todo el cuerpo.La sentía en el pecho, como si fuera un líquido caliente.Se acrecentó su preocupación de que algo «andaba mal» en su interior.Hizo un esfuerzo por volverse para localizar el timbre que colgaba de los barrotes de la cama.Podía mover los ojos, pero sentía la cabeza pesada.Con el rabillo del ojo percibió un movimiento rápido y brusco.Al levantar la vista vio la botella de suero.El movimiento que había advertido era el del rápido fluir del líquido.Las gotas caían en rápida sucesión, y a la débil luz reverberaban con explosivos reflejos.¡Aquello sí que era extraño! Bruce sabía que le seguían administrando suero sólo como medida de precaución, y se suponía que el líquido tenía que gotear con la mayor lentitud posible.Recordaba haberlo comprobado, como siempre, antes de apagar la luz.Extendió una mano para coger el timbre, pero no consiguió moverse.Era como si el brazo derecho no obedeciera las órdenes de su cerebro.Lo intentó nuevamente y volvió a fracasar.Bruce sintió que su terror se convertía en pánico.¡Estaba seguro de que le sucedía algo espantoso! Lo atendían los mejores médicos del mundo, pero no conseguía llamarlos.Debía conseguir ayuda de inmediato.Todo aquello era como una pesadilla, de la que no conseguía despertar.Levantó la cabeza de la almohada y llamó a la enfermera.Le sorprendió la debilidad de su voz.Intentó gritar, pero apenas le salió un susurro.Al mismo tiempo se dio cuenta de que la cabeza le pesaba muchísimo y que tenía que hacer un esfuerzo para que no cayera sobre la almohada.El esfuerzo le causó tal temblor, que hasta vibró la cama.Con un suspiro, Bruce dejó caer la cabeza en la almohada y trató de analizar el pánico que lo había invadido.Intentó llamar de nuevo, pero sólo le salió un siseo incomprensible.No comprendía lo que le pasaba, pero su estado empeoraba con rapidez.Le parecía como si una manta de hierro oprimiera su cuerpo contra la cama.Sus intentos de respirar se habían convertido en lastimosos y poco coordinados movimientos del pecho.Preso de un terror sin límites comprendió que se estaba asfixiando.De alguna manera logró reorganizar sus ideas y pensó de nuevo en pulsar el botón para llamar a la enfermera.Haciendo un tremendo esfuerzo levantó un brazo y, con movimiento torpe, consiguió pasarlo por encima del pecho.Era como si se encontrara inmerso en un líquido viscoso.Recorrió con los dedos los barrotes de la cama y tanteó en vano en busca del timbre.No estaba.Con los últimos vestigios de fuerza, se volvió sobre el lado izquierdo, rodó sobre sí mismo y fue a dar contra los barrotes.Apoyó con fuerza la cara contra el hierro frío, que le tapó la vista del ojo derecho, pero ya no tenía fuerza para moverse.Con el ojo izquierdo pudo ver el timbre.Había caído al suelo, y el cordón estaba enrollado como si se tratara de una víbora.Bruce tuvo conciencia de que lo invadían el pánico y la desesperación, pero aumentó el peso opresivo que sentía en el cuerpo, impidiéndole todo movimiento.En medio de su terror, creyó que algo le ocurría en el corazón: quizás habían saltado todos los puntos.Su sensación de asfixia se intensificó, mientras en su interior gritaba pidiendo el oxígeno que le salvaría la vida.Pero se encontraba totalmente paralizado, y sólo lograba emitir gruñidos de dolor, mientras hacía desesperados esfuerzos por respirar.Sin embargo, pese a su calvario, sus sentimientos permanecían totalmente aguzados, y su mente, dolorosamente lúcida.Sabía que se estaba muriendo.Le silbaban los oídos, tenía una sensación de vértigo, de náuseas.Después lo envolvió la oscuridad…Pamela Breckenridge trabajaba de once a siete desde hacía más de un año.Era un turno bastante ingrato, pero a ella le gustaba.Sentía que le daba más libertad.Siete horas de sueño, durante la mañana en invierno y por la tarde en verano, le bastaban para sentirse físicamente bien [ Pobierz całość w formacie PDF ]