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.—Podría no ser más que una mujer a la que agrada un poco de compañía —opinó Grijpstra—, y podría ser que estuviera ganándose algún dinero extra.Hemos investigado al holandés, IJsbrand Drachtsma.Parece un ciudadano intachable.Muy rico y muy respetable.Un magnate de los negocios.Las empresas para las que trabaja funcionan muy bien.Productos químicos, textiles, materiales para la construcción.Y es un héroe, además.Huyó a Inglaterra en el segundo año de la guerra, cuando los alemanes vigilaban las playas.Creo que fue en un bote de remos, con otros tres.Tenían un pequeño motor, pero se les estropeó.Se enroló en el ejército británico y regresó como combatiente, cruzando Francia y Bélgica.—¿Ha averiguado algo sobre los otros dos?—No, señor —respondió Grijpstra—, pero estoy seguro de que el inspector jefe sí lo ha hecho.Le comunicamos todos los detalles y pareció muy interesado.—¿Ha efectuado indagaciones acerca de la mujer?—No —dijo Grijpstra—.Verificamos los archivos municipales, pero eso fue todo.Nos dijeron que debíamos ser discretos, de modo que preferimos no ir preguntando por ahí.Podríamos hacerlo, por supuesto.Hay otras casas flotantes en las inmediaciones.—¿Tiene algo de especial esa mujer, señor? —inquirió De Gier, tratando de no dar ninguna muestra de excitación.—Sí —contestó el commissaris—.Ya saben que en este país tenemos un Servicio Secreto.—Sonrió, y los dos policías se rieron a carcajadas.Estaban enterados de la existencia del Servicio Secreto.Ocupaba dos despachos en el piso inmediatamente superior, dos despachos repletos de hombres de mediana edad y secretarias entradas en años.Los hombres de mediana edad hablaban mucho de fútbol, y las secretarias estaban siempre escribiendo a máquina.Poemas, según Grijpstra.Malos poemas.Grijpstra aseguraba que Holanda carece de secretos, y que el Servicio Secreto se había creado exclusivamente para llenar un hueco en los presupuestos del estado.Pero el Servicio Secreto no se agotaba con lo que ocurría en el piso de arriba.Ocupaban también otros despachos, en Rotterdam y en La Haya.Estaban vinculados con diversos ministerios, con alcaldes y con jefes de policía.Estaban incluso vinculados con la corona, el misterio supremo de la democracia.Quizás, había susurrado Grijpstra en cierta ocasión, tuvieran alguna conexión con Dios, el Dios holandés, un anciano en un cuarto sobrecalentado, una poderosa manifestación que usaba zapatillas y se interesaba en una amplia gama de fenómenos, tales como las instalaciones de abastecimiento de agua potable, el precio de la mantequilla, la teología, el derecho a disentir y el Ajax, el equipo nacional de fútbol.—El Servicio Secreto —repitió Grijpstra, haciendo todo lo posible por mostrarse serio.—Sí —prosiguió el commissaris—.Están interesados en la señora Van Buren, y nos han pedido que le tengamos echado el ojo.Por alguna razón, parece que no disponen de detectives propios.El departamento de impuestos los tiene, las aduanas los tienen y el ejército los tiene, pero ellos no.Les gusta utilizarnos a nosotros.¿Cuándo fue la última vez que le echaron un vistazo a la casa flotante?—Hoy es martes —dijo De Gier—.Estuve allí el jueves.Pensaba acercarme durante el fin de semana, pero tuve una invitada.¿Sabe por qué se interesa el Servicio Secreto, señor?—No —reconoció el commissaris—, pero puede que nos enteremos.Parece que algo anda mal.Nos ha llamado el hombre que vive en la casa flotante más próxima a la de ella.Dice que lleva unos cuantos días sin verla y quiere que vayamos a echar una ojeada.El gato de la mujer anda suelto por la zona y quiere quedarse a vivir con él.Ha llamado a la puerta, pero no abre nadie.El automóvil de la mujer está aparcado enfrente del barco.—¿Cuándo se ha recibido esa llamada, señor? —quiso saber Grijpstra.—Ahora mismo.Hace apenas un cuarto de hora.Quiero que vayan allí y echen la puerta abajo, si es necesario.Les he traído una autorización.—¿No quiere venir con nosotros, señor? —preguntó De Gier.—No.Tengo una reunión con el jefe de policía.Si pasa algo malo, pueden comunicarse conmigo por la radio del coche o por teléfono.—El commissaris se frotó la pierna, se incorporó con cierta dificultad y salió del cuarto tratando de no cojear.A los pocos minutos se encontraban en la calle Marnix, esperando ante un semáforo.Una motocicleta pequeña hizo caso omiso de la luz roja y aceleró ante el morro de un camión que venía por la derecha, consiguiendo esquivarlo.—No —dijo De Gier, pero ya había sucedido [ Pobierz całość w formacie PDF ]